Hacía rato que esperábamos un sinceramiento así.
El gobernador José Aperovich, declaró esta mañana lo siguiente, sobre la despenalización de la tenencia de drogas para consumo personal: "Estoy totalmente en desacuerdo con que no penalicen la tenencia de drogas. Cuanto más cueste (conseguirla) es mejor. Si lo hacemos libremente va a ser peor y esto seguirá creciendo".
Todo bien que como funcionario condene el uso de estupefacientes. Pero de ahí a dar a entender que es mejor hacerlo a escondidas, desafiando a la ley, ya que así es más linda la persecuta, ejem... Igual, es fácil decirlo desde esa posición, porque a la mayoría, si les cuesta demasiado conseguirla.
Lo que debes, cómo puedes quedártelo...
martes, 30 de diciembre de 2008
miércoles, 24 de diciembre de 2008
Navidad de reserva

Recuerdo muy bien el año en que descubrí que el Niñito Dios, no era el que me traía los regalos.
Corría 1988. Faltaban unos 5 minutos para que den las 00, cuando vi a mi mamá y una esposa de mi tío, correr con las bolsas llenas de regalos, para depositarlos en el arbolito. Tenía 9 años y por un momento, mi mundo de fantasía se desmoronó. Me dí cuenta que me habían engañado como el mejor y obvio que al instante saqué la ficha de que los Reyes Magos ni a palos existían.
Igual, nada de eso opacó esa Navidad, porque desde chico, mis viejos me imprimieron el espíritu de estas Fiestas.
A ello, hay que sumarle la reunión de familia, numerosa por cierto, lo que le daba un sentido más festivo, de más jolgorio. Tal vez sea ese el motivo del por qué me gustan tanto las fiestas y en particular la Navidad. Por la alegría que reina aunque sea, por unas escasas horas. Todos abrazamos bien fuertes a nuestros seres queridos, nos deseamos lo mejor, nos decimos que nos queremos (¡con lo que cuesta expresarlo!). ¡Si hasta en el laburo me abrazo con gente con la que todavía no tengo confianza! En la calle, algo similar. Al canillita que me vende el diario le deseo lo mejor y su respuesta de agradecimiento y devolución de buenos augurios no se hace esperar. Es como que todos somos un poquito mejor persona. Deberíamos ser así todo el año.
Ahora mis Navidades son un tanto distintas, de lo que fue en mi niñez. Las fiestas ya no reunen ese conglomerado de comensales alrededor de la mesa. Somos poquitos, pero de mucho cariño. Algunos se fueron para que otros lleguen. El ciclo de la vida.
Ya sé que el Niñito Dios no me traerá regalos, porque los presentes salen de la billetera de papá. Igual, el espíritu está intacto. Y así como mis viejos mantuvieron viva esa ilusión mágica de que los regalos aparezcan en un abrir y cerrar de ojos en el arbolito, la mantengo viva con mi hermanita y mi ahijada.
Ahora mis Navidades son de reserva. Excesos, hay. Pero aún así, me alegro, abrazo, deseo, recuerdo, pido. Pero por sobre todo: sigo brindando. ¡Feliz Navidad para todos!
domingo, 21 de diciembre de 2008
Tu brillo sigue hipnotizando

Pasaron 20 años desde que su cuerpo dijo basta. El sida, esa maldita enfermedad, le ganó la pulseada y oscureció su brillo. Pero lo que jamás se apagó, fue su voz. Federico Moura fue uno de los artistas más carismáticos del rock nacional. Junto a la banda que integraba, Virus, provocaron un revuelo allá por lo años `80, en nuestro país. Fueron los primeros en dominar las maquinitas en nuestro país, logrando un sonido con mucha altura. Únicos.
Fede, fue muy criticado en ese momento. Lo señalaron por su condición homosexual, como si eso fuera motivo para ser menos artista, menos ser humano.
Por suerte, hoy muchos lo recuerdan como lo que fue: un líder carismático, que manejaba la escena a su antojo, dueño de una poesía urbana única, en la que revelaba sus adicciones y sus preferencias sexuales, con mucha clase, algo que hoy no se ve.
Casualidad, murió un día y un año antes, que un profundo detractor suyo: Luca Prodan. El pelado, acusaba a Virus de ser una bandita de putos. Igual, eran dos grandes de la escena del rock de esos tiempos, que peleaban porque eran dos artistas fuera de serie. Se sabe, los genios no congenian. Y bue, qué importa, a los dos se los extraña por igual, tanto como a Miguel Abuelo, que hace 20 marzos, también nos abandonó.
El tiempo pasó y sus ausencias se sintieron. 20 años, es demasiado, pero aún así, tu brillo sigue hipnotizando.
PD: una de las mejores canciones del grupo, Oro en polvos.
martes, 9 de diciembre de 2008
El cachetazo necesario para volver a la realidad
A veces los seres humanos podemos ser tan desagradecidos, que necesitamos que la realidad nos cachetee un poco y mostrarnos por qué no debemos serlo.
El anterior post que publiqué, como pueden ver más abajo, es un conglomerado de broncas y puteadas por no poder irme de vacaciones este verano. Pero una vez más me di cuenta que a veces me quejo demasiado. No agradezco lo suficiente lo poco o mucho que poseo.
Anoche estaba en la parada esperando el bondi. Como me suele suceder, cada vez que necesito tomar cierto colectivo, ese es el que precisamente no aparece.
No hubiera habido problema, de no ser por las incesantes ráfagas de vientos, acompañados de continuos rayos de luz en el cielo, que amenazaban con dar lugar a una tormenta típica de verano.
Habían pasado 30 minutos de las 00 y el bondi brillaba por su ausencia. Para colmo de males, en el bolsillo tenía sólo 4 mangos (había jugado al fútbol ese día y después me tomé un gatorade para recuperar sales y minerales) por lo que ni a palos llegaba a mi casa en un tacho.
Mientras caminaba en círculos alrededor de el tubo que sostiene el cartel del 118, vi que un tipo en un carrito, recolectaba los cartones que le habían dado en un bar que se encontraba a escasos metros de donde se suponía, yo debía tomar el colectivo que nunca apareció.
Los minutos transcurrían y nada con el colectivo. Para colmo, como por arte de magia, desaparecieron todos los taxis por lo que a calles estaban desiertas.
En eso, veo que el muchacho que juntaba los cartones, se aprestaba a emprender camino, rumbo a quién sabe dónde.
Jugado por jugado me decidí a hablarlo. Con mi muy poca habilidad para silbar, logré llamar su atención con un chiflido, que no hubiera detenido ni a un taxista con las orejas de Dumbo.
Yo-Maestro, disculpe. ¿A dónde va?
Maestro-A mi casa amigo, Se viene el agua...
Y-¿Para dónde queda su casa?
M-...........................................
Y- Pasa amigo que al parecer me quedé sin colectivo. Encima, como usted dijo, se viene el agua. Entonces quería saber si va en dirección, para donde voy yo, así me acerca. Tengo $4, es todo lo que le puedo dar.
M- Mire amigo, yo voy para Villa Muñecas.
Y- MMMM, ¿qué le parece si baja derecho por la santiago hasta la avenida América? Si me deja ahí, capaz que consigo un taxi y lo puedo pagar en mi casa, de todos modos, ya es bastante cerca de donde vivo.
M- Meta nomás. Suba.
En lo que arrancó el viaje, me ofreció cubrirme del agua (estaba lloviznando intensamente), con un plástico que tenía en el carro.
M- Digáme amigo. ¿Qué pasó que se quedó sin colectivo?
Y- Es que hoy fui a jugar a la pelota con unos amigos. Y agarré y fui en la bici. Después me mandé para lo de mi novia y empezó a llover, por lo que tuve que dejar ahí la bici y volver en colectivo a mi casa.
M- Ah claro. Es peligroso andar en medio de la lluvia. A mí se me sube el corazón a la boca porque con estas lluvias se me inunda todo. Hizo lo mejor.
Y- Y, si. Antes que lamentar, mejor prevenir.
M- Más vale amigo. ¿Hasta dónde va usted?
Y- Yo voy hasta la Mendoza al 4300, es a la altura del Parque Guillermina.
M-Ahhhhh, ¿y dónde vive su novia?
Y- En el pje García al 1200.
M- ¡Eso es cerca de la cancha de los Deca! ¡Cómo se va a buscar una novia que viva tan lejos!
Y- Maestro, el día que la conocí, cuando la encaré; no me preguntaba si vivía cerca de mi casa. De hecho jamás tuve una novia que viva cerca de mi casa, todas eran de bien lejos. Es mejor, así me controlan menos, ¿vio?
M- Claro , claro, está buena esa táctica maestro.
Y- No falla nunca. ¿Y usted?
M- Yo estoy juntado hace 4 años. Mi mujer, yo ya le digo así, tiene 22 años, yo 23. Tenemos tres hijos ya. La ultimita se llama Lourdes Milagros y tiene tres meses. Los otros son Roberto Daniel, que tiene 4 años y Jessica Romina, de 2. La verdad amigo, así sin rodeos, mi familia es la luz de mi vida. Gracias a ellos no bajo los brazos nunca.
Y- Me imagino lo que debe ser. ¿Usted no tiene trabajo fijo?
M- No amigo, ¿sabe cómo deseo tenerlo? Yo soy albañil y por ahí cuando algún amigo me hace la gamba, consigo meterme en alguna obra, pero cuando se termina, de vuelta estoy en la calle a hacer lo que hago. Por eso desearía tener un trabajo firme, para que todos los días de mi vida me pueda levantar sabiendo que le voy a llevar el pan a mis hijos y a mi señora todos los días. Además, ¿sabe qué? En el barrio donde yo vivo, la cosa es jodida. Los changos no quieren estudiar, no quieren laburar. Están todo el día meta aspirar esa porquería y luego se van afanar. A mí no me chorean, porque cada vez que los veo les tiro unas monedas, pero a veces desconocen los changos. Lo peor es que las criaturitas más chicas crecen con eso...
Y- Me imagino lo difícil que debe ser.
M- Por eso amigo yo estoy orgullo se ganarme los pocos pesos que gano. Porque lo hago honestamente y eso me hace sentir bien. Es más, ¿sabe qué? No entiendo a la gente que se deja comprar por $20. La otra vez fue el gobernador para entregar unas piezas, y le ofrecieron esa plata a cada uno de los que vayan y estén ahí para aparecer en la tele diciendo que el gobernador hace cosas. Yo así, no me dejo comprar. Yo lo único que quiero es trabajar y que mis hijos puedan estudiar para ser lo que yo no puede ser. Que me ofrezcan trabajo, antes que unos pesos o bolsones.
Para ese momento, mientras lo escuchaba hablar, me arrepentía de haber escrito lo que publiqué días atrás.
Y- Maestro. Usted no baje los brazos nunca. Siga así que algún día le va a tocar la buena.
M- Dios lo oiga amigo.
Y- Es así. El que busca y busca, al final siempre encuentra. Y por lo que usted me cuenta, en algún momento va a encontrar algo. Resta que se cruce con la persona indicada.
M- Ojalá amigo, porque esto de llevar a la casa un día $10, otro $20; no es vida. Ya estamos llegando amigo, ¿aquí le queda bien?
Y- Joya, jefe. Aquí tiene, no es mucho, pero espero que de algo le sirva. Le juro que no tengo una moneda más.
M- No hay problema amigo. Si no hubiera hecho tan poquita plata hoy, no le cobro nada. Con esto ya podemos comprar uno pancitos para el mate cocido para mañana.
Y- No se haga drama jefe. Yo le pedí que me traiga, usted me hizo el favor. Por cierto, no me dijo su nombre.
M- Roberto, Roberto Daniel, como mi primer hijo, ¿Y el suyo?
Y- Juan Pablo.
M- Bueno amigo lo dejo antes que se largue más fuerte. Quedesé con el plástico así no se moje sino llega a conseguir un remis.
Y- Gracias por la gauchada jefe. Que ande bien y que pase unas felices fiestas junto a los suyos. Y acuérdese que ya van a venir tiempos mejores.
M- Gracias a usted amigo. También le deseo lo mejor. Y para la próxima que no consiga colectivo, ya sabe.
Y- Ja ja, seguro. Hasta luego.
M- Hasta luego.
El remis de vuelta a mi casa no lo conseguí. De todos modos sólo tuve que caminar unas 9 cuadras, y gracias al improvisado piloto que me dio Roberto, evité mojarme más de lo que podría haberlo hecho. Pero lo que no evité durante el trayecto a mi casa, es darme cuenta que la realidad debe golpearme para darme cuenta de lo desagradecido que soy. Tengo un trabajo. Algo con lo que toda persona sueña tener. ¿Qué más se puede pedir?
El anterior post que publiqué, como pueden ver más abajo, es un conglomerado de broncas y puteadas por no poder irme de vacaciones este verano. Pero una vez más me di cuenta que a veces me quejo demasiado. No agradezco lo suficiente lo poco o mucho que poseo.
Anoche estaba en la parada esperando el bondi. Como me suele suceder, cada vez que necesito tomar cierto colectivo, ese es el que precisamente no aparece.
No hubiera habido problema, de no ser por las incesantes ráfagas de vientos, acompañados de continuos rayos de luz en el cielo, que amenazaban con dar lugar a una tormenta típica de verano.
Habían pasado 30 minutos de las 00 y el bondi brillaba por su ausencia. Para colmo de males, en el bolsillo tenía sólo 4 mangos (había jugado al fútbol ese día y después me tomé un gatorade para recuperar sales y minerales) por lo que ni a palos llegaba a mi casa en un tacho.
Mientras caminaba en círculos alrededor de el tubo que sostiene el cartel del 118, vi que un tipo en un carrito, recolectaba los cartones que le habían dado en un bar que se encontraba a escasos metros de donde se suponía, yo debía tomar el colectivo que nunca apareció.
Los minutos transcurrían y nada con el colectivo. Para colmo, como por arte de magia, desaparecieron todos los taxis por lo que a calles estaban desiertas.
En eso, veo que el muchacho que juntaba los cartones, se aprestaba a emprender camino, rumbo a quién sabe dónde.
Jugado por jugado me decidí a hablarlo. Con mi muy poca habilidad para silbar, logré llamar su atención con un chiflido, que no hubiera detenido ni a un taxista con las orejas de Dumbo.
Yo-Maestro, disculpe. ¿A dónde va?
Maestro-A mi casa amigo, Se viene el agua...
Y-¿Para dónde queda su casa?
M-...........................................
Y- Pasa amigo que al parecer me quedé sin colectivo. Encima, como usted dijo, se viene el agua. Entonces quería saber si va en dirección, para donde voy yo, así me acerca. Tengo $4, es todo lo que le puedo dar.
M- Mire amigo, yo voy para Villa Muñecas.
Y- MMMM, ¿qué le parece si baja derecho por la santiago hasta la avenida América? Si me deja ahí, capaz que consigo un taxi y lo puedo pagar en mi casa, de todos modos, ya es bastante cerca de donde vivo.
M- Meta nomás. Suba.
En lo que arrancó el viaje, me ofreció cubrirme del agua (estaba lloviznando intensamente), con un plástico que tenía en el carro.
M- Digáme amigo. ¿Qué pasó que se quedó sin colectivo?
Y- Es que hoy fui a jugar a la pelota con unos amigos. Y agarré y fui en la bici. Después me mandé para lo de mi novia y empezó a llover, por lo que tuve que dejar ahí la bici y volver en colectivo a mi casa.
M- Ah claro. Es peligroso andar en medio de la lluvia. A mí se me sube el corazón a la boca porque con estas lluvias se me inunda todo. Hizo lo mejor.
Y- Y, si. Antes que lamentar, mejor prevenir.
M- Más vale amigo. ¿Hasta dónde va usted?
Y- Yo voy hasta la Mendoza al 4300, es a la altura del Parque Guillermina.
M-Ahhhhh, ¿y dónde vive su novia?
Y- En el pje García al 1200.
M- ¡Eso es cerca de la cancha de los Deca! ¡Cómo se va a buscar una novia que viva tan lejos!
Y- Maestro, el día que la conocí, cuando la encaré; no me preguntaba si vivía cerca de mi casa. De hecho jamás tuve una novia que viva cerca de mi casa, todas eran de bien lejos. Es mejor, así me controlan menos, ¿vio?
M- Claro , claro, está buena esa táctica maestro.
Y- No falla nunca. ¿Y usted?
M- Yo estoy juntado hace 4 años. Mi mujer, yo ya le digo así, tiene 22 años, yo 23. Tenemos tres hijos ya. La ultimita se llama Lourdes Milagros y tiene tres meses. Los otros son Roberto Daniel, que tiene 4 años y Jessica Romina, de 2. La verdad amigo, así sin rodeos, mi familia es la luz de mi vida. Gracias a ellos no bajo los brazos nunca.
Y- Me imagino lo que debe ser. ¿Usted no tiene trabajo fijo?
M- No amigo, ¿sabe cómo deseo tenerlo? Yo soy albañil y por ahí cuando algún amigo me hace la gamba, consigo meterme en alguna obra, pero cuando se termina, de vuelta estoy en la calle a hacer lo que hago. Por eso desearía tener un trabajo firme, para que todos los días de mi vida me pueda levantar sabiendo que le voy a llevar el pan a mis hijos y a mi señora todos los días. Además, ¿sabe qué? En el barrio donde yo vivo, la cosa es jodida. Los changos no quieren estudiar, no quieren laburar. Están todo el día meta aspirar esa porquería y luego se van afanar. A mí no me chorean, porque cada vez que los veo les tiro unas monedas, pero a veces desconocen los changos. Lo peor es que las criaturitas más chicas crecen con eso...
Y- Me imagino lo difícil que debe ser.
M- Por eso amigo yo estoy orgullo se ganarme los pocos pesos que gano. Porque lo hago honestamente y eso me hace sentir bien. Es más, ¿sabe qué? No entiendo a la gente que se deja comprar por $20. La otra vez fue el gobernador para entregar unas piezas, y le ofrecieron esa plata a cada uno de los que vayan y estén ahí para aparecer en la tele diciendo que el gobernador hace cosas. Yo así, no me dejo comprar. Yo lo único que quiero es trabajar y que mis hijos puedan estudiar para ser lo que yo no puede ser. Que me ofrezcan trabajo, antes que unos pesos o bolsones.
Para ese momento, mientras lo escuchaba hablar, me arrepentía de haber escrito lo que publiqué días atrás.
Y- Maestro. Usted no baje los brazos nunca. Siga así que algún día le va a tocar la buena.
M- Dios lo oiga amigo.
Y- Es así. El que busca y busca, al final siempre encuentra. Y por lo que usted me cuenta, en algún momento va a encontrar algo. Resta que se cruce con la persona indicada.
M- Ojalá amigo, porque esto de llevar a la casa un día $10, otro $20; no es vida. Ya estamos llegando amigo, ¿aquí le queda bien?
Y- Joya, jefe. Aquí tiene, no es mucho, pero espero que de algo le sirva. Le juro que no tengo una moneda más.
M- No hay problema amigo. Si no hubiera hecho tan poquita plata hoy, no le cobro nada. Con esto ya podemos comprar uno pancitos para el mate cocido para mañana.
Y- No se haga drama jefe. Yo le pedí que me traiga, usted me hizo el favor. Por cierto, no me dijo su nombre.
M- Roberto, Roberto Daniel, como mi primer hijo, ¿Y el suyo?
Y- Juan Pablo.
M- Bueno amigo lo dejo antes que se largue más fuerte. Quedesé con el plástico así no se moje sino llega a conseguir un remis.
Y- Gracias por la gauchada jefe. Que ande bien y que pase unas felices fiestas junto a los suyos. Y acuérdese que ya van a venir tiempos mejores.
M- Gracias a usted amigo. También le deseo lo mejor. Y para la próxima que no consiga colectivo, ya sabe.
Y- Ja ja, seguro. Hasta luego.
M- Hasta luego.
El remis de vuelta a mi casa no lo conseguí. De todos modos sólo tuve que caminar unas 9 cuadras, y gracias al improvisado piloto que me dio Roberto, evité mojarme más de lo que podría haberlo hecho. Pero lo que no evité durante el trayecto a mi casa, es darme cuenta que la realidad debe golpearme para darme cuenta de lo desagradecido que soy. Tengo un trabajo. Algo con lo que toda persona sueña tener. ¿Qué más se puede pedir?
domingo, 23 de noviembre de 2008
El vehículo de toda diversión
José es un chico común, demasiado ordinario.
Una noche se vio empujado a volver a un viejo ritual. Uno que había dejado de lado, porque jamás le provocó verdadera satisfacción: salir a bailar.
José es de los que creció a puro rock and roll. De grande se dio cuenta que las fiestas un tanto bohemias, eran las que le cabían.
Pero una noche regresó al ritmo que había abandonado mucho tiempo atrás y se encontró con una realidad distinta, muy diferente a la que supo conocer.
Decidió entrar temprano a bailar, porque a diferencia de los recitales que suele frecuentar, las previas en los alrededores no son copadas. Afuera sólo hay conversaciones frívolas. Nadie se sienta en la vereda a tomar un porrón en envase descartable como a él le gusta.
Se dio cuenta que en medio del malón, sus atuendos son ordinarios. José no lleva un corte de pelo copado. Mucho menos una gorra que sirva para lookearlo o una muñequera que adorne su cuerpo o gafas de sol (¿?). Llega a la conclusión que no tiene nada en común con estos sujetos.
Ni hablar de los chupines: José no entiende por qué los floggers se adueñaron de esa prenda de vestir , propia de los Ramoneros y un tanto de los rollingas.
Decide entrar y apenas pone un pie en la pista de baile, se da cuenta que algo no está bien.
Es demasiado temprano y la gente la pasa demasiado bien.
Un Dj pincha discos en el escenario y mientras sube y baja el volúmen de los beats, aplaudido como si Joe Satriani hiciera un solo con su guitarra, nota que su cuerpo permanece estático. "Bue, me clavo una birra para aflojar los músculos", reflexiona.
Al llegar a la barra, se da cuenta que no hay cerveza. Vino espumante, vodka con speed, agua; pero no birra. "Allá venden cerveza", le dice uno de los cantineros, señalando uno de los puntos más oscuros del improvisado boliche.
Ahí José comenzó a notar que la birra no es del target de la monada, es groncha. No le importa. Es más barata que cualquier otra bebida y además, la toma como agua.
La primera cerveza no logra el efecto deseado. Hace rato que la birra no pega como a los 15 años, por lo que decide ir en busca de una más.
De a poco intenta soltarse, pero nada. Su cerebro ordena a sus piernas ejecutar los bailes más dinámicos y exóticos. Pero nada. La máquina no arranca.
La multitud baila desenfrenadamente. Él se encuentra parado a un costado de la pista. Se siente un emo perdido en medio del sambódromo, en pleno carnaval de Río de Janeiro.
Tanto beberaje de porrón le provoca demasiadas ganas de ir al baño. 1, 2, 3, 4, 5; son las veces que visita el toilette. En cada una de ellas, siempre encuentra alguien que le ofrece algo.
-Vieja, tengo esta pasti me está sobrando. ¿Te va?
-No loco, todo bien, soy naturista. (debió repetir una y otra vez).
Al volver a la pista y luego de la quinta cerveza, los reflejos ya no son los mismos. Siente que la máquina se aceitó y que no hace falta que el cerebro emita más órdenes. Su cuerpo sigue el ritmo de la música. Sus brazos y sus piernas son libres.
No sabe de bailes ni pasitos modernos, así que aplica los que supo utilizar allá a lo lejos en el tiempo. No importa. Nadie coordina demasiado sus movimientos por lo que logra zafar y pasar desapercibido. Aunque se dio cuenta que aquí la consigna no es esa. Todo lo contrario, hay que hacerse notar.
José se dio cuenta que ya no hace falta más alcohol para continuar danzando hasta las 4 am. Logró el efecto deseado que tanto buscó y comenzó su diversión.
Llegó el fin de la fiesta y José emprendió el viaje de retorno a su hogar, abatido luego de tanto baile.
De lo que no se dio cuenta José, es de que sí tenía algo en común con el resto de la gente: sea cual sea el envase, el tamaño, la forma o el tipo; todos al igual que él, necesitaron aceitar su máquina previo al ritual.
Lástima por José y por todos ellos que aún no se no se esfuerzan por controlar su mente y se dejan dominar por un simple vehículo de escape.
Una noche se vio empujado a volver a un viejo ritual. Uno que había dejado de lado, porque jamás le provocó verdadera satisfacción: salir a bailar.
José es de los que creció a puro rock and roll. De grande se dio cuenta que las fiestas un tanto bohemias, eran las que le cabían.
Pero una noche regresó al ritmo que había abandonado mucho tiempo atrás y se encontró con una realidad distinta, muy diferente a la que supo conocer.
Decidió entrar temprano a bailar, porque a diferencia de los recitales que suele frecuentar, las previas en los alrededores no son copadas. Afuera sólo hay conversaciones frívolas. Nadie se sienta en la vereda a tomar un porrón en envase descartable como a él le gusta.
Se dio cuenta que en medio del malón, sus atuendos son ordinarios. José no lleva un corte de pelo copado. Mucho menos una gorra que sirva para lookearlo o una muñequera que adorne su cuerpo o gafas de sol (¿?). Llega a la conclusión que no tiene nada en común con estos sujetos.
Ni hablar de los chupines: José no entiende por qué los floggers se adueñaron de esa prenda de vestir , propia de los Ramoneros y un tanto de los rollingas.
Decide entrar y apenas pone un pie en la pista de baile, se da cuenta que algo no está bien.
Es demasiado temprano y la gente la pasa demasiado bien.
Un Dj pincha discos en el escenario y mientras sube y baja el volúmen de los beats, aplaudido como si Joe Satriani hiciera un solo con su guitarra, nota que su cuerpo permanece estático. "Bue, me clavo una birra para aflojar los músculos", reflexiona.
Al llegar a la barra, se da cuenta que no hay cerveza. Vino espumante, vodka con speed, agua; pero no birra. "Allá venden cerveza", le dice uno de los cantineros, señalando uno de los puntos más oscuros del improvisado boliche.
Ahí José comenzó a notar que la birra no es del target de la monada, es groncha. No le importa. Es más barata que cualquier otra bebida y además, la toma como agua.
La primera cerveza no logra el efecto deseado. Hace rato que la birra no pega como a los 15 años, por lo que decide ir en busca de una más.
De a poco intenta soltarse, pero nada. Su cerebro ordena a sus piernas ejecutar los bailes más dinámicos y exóticos. Pero nada. La máquina no arranca.
La multitud baila desenfrenadamente. Él se encuentra parado a un costado de la pista. Se siente un emo perdido en medio del sambódromo, en pleno carnaval de Río de Janeiro.
Tanto beberaje de porrón le provoca demasiadas ganas de ir al baño. 1, 2, 3, 4, 5; son las veces que visita el toilette. En cada una de ellas, siempre encuentra alguien que le ofrece algo.
-Vieja, tengo esta pasti me está sobrando. ¿Te va?
-No loco, todo bien, soy naturista. (debió repetir una y otra vez).
Al volver a la pista y luego de la quinta cerveza, los reflejos ya no son los mismos. Siente que la máquina se aceitó y que no hace falta que el cerebro emita más órdenes. Su cuerpo sigue el ritmo de la música. Sus brazos y sus piernas son libres.
No sabe de bailes ni pasitos modernos, así que aplica los que supo utilizar allá a lo lejos en el tiempo. No importa. Nadie coordina demasiado sus movimientos por lo que logra zafar y pasar desapercibido. Aunque se dio cuenta que aquí la consigna no es esa. Todo lo contrario, hay que hacerse notar.
José se dio cuenta que ya no hace falta más alcohol para continuar danzando hasta las 4 am. Logró el efecto deseado que tanto buscó y comenzó su diversión.
Llegó el fin de la fiesta y José emprendió el viaje de retorno a su hogar, abatido luego de tanto baile.
De lo que no se dio cuenta José, es de que sí tenía algo en común con el resto de la gente: sea cual sea el envase, el tamaño, la forma o el tipo; todos al igual que él, necesitaron aceitar su máquina previo al ritual.
Lástima por José y por todos ellos que aún no se no se esfuerzan por controlar su mente y se dejan dominar por un simple vehículo de escape.
viernes, 21 de noviembre de 2008
Fue primicia

"La nota de Mario Oscar Malevo Ferreyra la tuvo en exclusiva por Crónica TV para todo el país". T-R-E-M-E-N-D-O. Sólo Crónica podía documentar ese instante. ¿Cómo lo logró? El Malevo llamó al canal de las primicias para darle una entrevista. LA ENTREVISTA.
Claro que Roxana Bazán, la periodista que lo entrevistó, nunca pensó que estaba ante la nota de su vida. Nunca se imaginó que el entrevistado se iba a suicidar ahí, en frente suyo, a escasos segundos de que el Malevo diera su última nota. Nunca imaginó que el ex comisario iba a cumplir su palabra. "A la cárcel no voy. Antes me mato". Y como hombre de palabra, valga la redundancia, lo cumplió.
En resúmen, el Malevo terminó con su vida como la vivió: creyéndose él mismo, LA JUSTICIA. Creyendo que tenía la autoridad para decidir quién debía morir y quién debía vivir.
Así vivió, y así murió. Se quitó la vida porque no se quiso someter a la Justicia. No quiso ser señalado como uno de los responsables por las detenciones clandestinas, torturas y muertes que hubo en el ex Arsenal Miguel de Azcuénaga, en épocas de la última dictadura militar. Murió creyendo que era él la Justicia, y se ajustició.
La imagen recorrerá el mundo. El hombre de patillas pronunciadas y sombrero blanco se pegó un tiro en la sien. Para el recuerdo quedarán grabadas las manchas de sangre en la camisa de la periodista, el camarógrafo, sus familiares y los médicos que lo llevaron.
Para el recuerdo quedará su pasado tormentoso y su accionar violento.
Para el recuerdo quedará grabada en la memoria de todos, la imagen del Malevo acabando con su vida y antes las cámaras.
Esa imagen quedará grabada, gracias a que fue Primicia de Crónica TV.
martes, 18 de noviembre de 2008
Pequeña radiografía de cómo se vive la pasión

No existe un lugar en el mundo, que se parezca a una cancha. No existe siempre y cuando el escenario sea un estadio de estas pampas, porque por estos lares hay algo que rompe todas las reglas preestablecidas.
El tic tac del reloj avanza contrario a lo que se desea. Si el equipo que despierta amor y locura desmedida gana, el tiempo se detiene, parece no avanzar más. Miles de miradas que se multiplican por cientos, hipnotizan los relojes cada dos minutos para obligarlo a acelerar su marcha. Ese es uno de los precios de la locura que origina la pasión: creer que se puede romper la barrera de la física.
Si ocurre lo contrario, el reloj marcha como una locomotora. Nunca el tiempo avanza con tanto desenfreno. En ese instante, las miles de miradas se confunden y no logran explicarse como es que la hora pasa tan rápido.
-Amigo, ¿cuánto falta para que termine?
-Dos minutos menos que antes que pregunte nuevamente, jefe...
-Disculpá hermanito. No quiero ver el mío porque a esa mierda parece que le da cuerda el increíble Hulk.
-¡Ah! ¿Tiene reloj? No hinche el pingo maestro entonces. Ya lo ganamos...
Y si de quebrar leyes establecidas se trata, la de abrazarse con un completo desconocido, es la que más suele romperse.
Es que en el medio de la marea, un tanto tocado, suele perderse de vista a los amigos. Entonces, en el momento de mayor explosión –equivalente al mejor de los orgasmos- se busca al amigo (y no tanto también), para compartir ese momento de éxtasis.
Claro que el grito de gol que miles de gargantas arrojan al vacío, suele desorientar a cualquiera, y eso origina el abrazo eterno entre dos completos desconocidos que juran amor incondicional a su equipo. Dos extraños con realidades diferentes, pero con una misma pasión. Miran alrededor como buscando a sus amigos. Nada, el radar está averiado y encimas las naves se fueron de órbita.
-¡Vamos papá! ¡Qué golazo!
-¡Qué jugadorazo compadre! ¡Menos mal que es nuestro!
-¡De una! Amigazo, yo siempre lo banqué a ese pibe.
-Vamos a ganar que después seguimos de festejos.
-Dónde usted quiera primo...
Pero antes, la maldita regla obligada.
Primero hay que saber sufrir, para luego festejar con mayor algarabía. Esa es una ley que no está escrita en ningún lado, pero se cumple por más que no se quiera.
Ahí es donde se producen los momentos de mayor tensión.
Los cinco minutos que restan para que el referí señale el círculo central, acompañado del pitazo final, es el momento en que las madres de jugadores contrarios, propios y el árbitro por sobre todo, son objeto de todo tipo de insultos. Dependiendo del estado de ánimo de la monada, los insultos varian entre muy ingeniosos o muy hirientes.
-¡Hijo de puta! ¿Qué cobras parido por el orto?
-¡Mirálo al enano ese que a entrao! Eh tazán de maceta, ¡volvé al circo!
Sin dejar de lado que la cancha se pobló de directores técnicos, que exigen al que está en rol de dt, cómo debe cumplir su función, que cambios realizar y cómo parar al equipo.
-Sacálo al nueve. No da más el chango.
-¡Hijo de puta! ¡No mandés el equipo atrás!
Son sólo 90 minutos de partido. Una hora y treinta minutos en la que los sentimientos van y vienen. No hay lógica que explique ese desenfreno.
El tic tac del reloj avanza contrario a lo que se desea. Si el equipo que despierta amor y locura desmedida gana, el tiempo se detiene, parece no avanzar más. Miles de miradas que se multiplican por cientos, hipnotizan los relojes cada dos minutos para obligarlo a acelerar su marcha. Ese es uno de los precios de la locura que origina la pasión: creer que se puede romper la barrera de la física.
Si ocurre lo contrario, el reloj marcha como una locomotora. Nunca el tiempo avanza con tanto desenfreno. En ese instante, las miles de miradas se confunden y no logran explicarse como es que la hora pasa tan rápido.
-Amigo, ¿cuánto falta para que termine?
-Dos minutos menos que antes que pregunte nuevamente, jefe...
-Disculpá hermanito. No quiero ver el mío porque a esa mierda parece que le da cuerda el increíble Hulk.
-¡Ah! ¿Tiene reloj? No hinche el pingo maestro entonces. Ya lo ganamos...
Y si de quebrar leyes establecidas se trata, la de abrazarse con un completo desconocido, es la que más suele romperse.
Es que en el medio de la marea, un tanto tocado, suele perderse de vista a los amigos. Entonces, en el momento de mayor explosión –equivalente al mejor de los orgasmos- se busca al amigo (y no tanto también), para compartir ese momento de éxtasis.
Claro que el grito de gol que miles de gargantas arrojan al vacío, suele desorientar a cualquiera, y eso origina el abrazo eterno entre dos completos desconocidos que juran amor incondicional a su equipo. Dos extraños con realidades diferentes, pero con una misma pasión. Miran alrededor como buscando a sus amigos. Nada, el radar está averiado y encimas las naves se fueron de órbita.
-¡Vamos papá! ¡Qué golazo!
-¡Qué jugadorazo compadre! ¡Menos mal que es nuestro!
-¡De una! Amigazo, yo siempre lo banqué a ese pibe.
-Vamos a ganar que después seguimos de festejos.
-Dónde usted quiera primo...
Pero antes, la maldita regla obligada.
Primero hay que saber sufrir, para luego festejar con mayor algarabía. Esa es una ley que no está escrita en ningún lado, pero se cumple por más que no se quiera.
Ahí es donde se producen los momentos de mayor tensión.
Los cinco minutos que restan para que el referí señale el círculo central, acompañado del pitazo final, es el momento en que las madres de jugadores contrarios, propios y el árbitro por sobre todo, son objeto de todo tipo de insultos. Dependiendo del estado de ánimo de la monada, los insultos varian entre muy ingeniosos o muy hirientes.
-¡Hijo de puta! ¿Qué cobras parido por el orto?
-¡Mirálo al enano ese que a entrao! Eh tazán de maceta, ¡volvé al circo!
Sin dejar de lado que la cancha se pobló de directores técnicos, que exigen al que está en rol de dt, cómo debe cumplir su función, que cambios realizar y cómo parar al equipo.
-Sacálo al nueve. No da más el chango.
-¡Hijo de puta! ¡No mandés el equipo atrás!
Son sólo 90 minutos de partido. Una hora y treinta minutos en la que los sentimientos van y vienen. No hay lógica que explique ese desenfreno.
Por eso, mientras la pasión no tenga razón, el sentimiento seguirá siendo puro y jamás morirá. Que así sea.
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